Mi oscuridad no es la del pozo que traga hombres y vomita espectros, sino la de una caverna intemporal como sus vistas inexpugnables a la inmensidad; cálida en sus recovecos de contornos guturales, segura como una matriz en la que sin ahogarse puede uno flotar entre las luces de levante y de poniente. Mas la intención, que no esperanza, me saca de ella por el huerto lateral de mi presencia; hontanar literal de raras flores con las que traigo prendida antes que la fragancia indeleble de la muerte, el aroma fresco de una atalaya entre las cimas.
Pienso que no sé lo que pienso, así soy lo que más siento. Mis sentidos, ya pensados, son pesados de sentir; tan pasados de sentido sé que se piensan por mí.
Devórame sin prisa, lasciva, muéleme con tus besos insaciables, saca de mí en tus fauces la sanguinaria papilla que devolverá su fuerza a los dioses olvidados cuando renazcan entre las ascuas de los últimos bosques, de cuyas copas ya gimen, colgados por la visión, los héroes perdidos de la posibilidad.